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preto de A Salceda, Galicia (España)

Iniciamos temprano nuestra última etapa enlazando de nuevo con el camino oficial. El Abergue Turístico de Salceda, donde pasamos la noche, no está a pie del trazado, pero sí está a una distancia salvable del mismo y es una buena opción para descansar.

Era la última etapa y quisimos salir medianamente temprano para disfrutarla con tranquilidad y llegar a Santiago antes del almuerzo. El día había amanecido con un tiempo espléndido, nada que ver con nuestro último día del Camino Francés que realizamos en el año 2012.

En este punto del camino, a la altura de un concesionario agrícola, tendremos que cruzar la Nacional 547 para retomar los senderos mientras bordeamos la aldea de Oxén. Las aldeas se suceden (As Ras) y con ellas los detalles de la vida rural gallega, como los hórreos, destinados a guardar y conservar alimentos.



Pasada la población de A Brea, tomamos un tramo paralelo a la Nacional 547, una carretera que sigue los pasos de nuestro trayecto y que tendremos volver a salvar en varias ocasiones más, bien por su asfalto, o bien por túneles inferiores. (O Empalme) Ahora descendemos por una pista poblada de eucaliptos hasta encontrarnos con el hito de Fuente Santa, construida en el año 1692 y cuyas aguas dicen ser buenas para la piel y los cultivos.

Vamos restando kilómetros al objetivo mientras observamos cómo en un abrir y cerrar de ojos la fisonomía de los bosques va cambiando a nuestro paso, de unos con arboleda autóctona a otros poblados de altos eucaliptos.

En uno de estos, Daniel, el bicigrino que conocimos en la etapa anterior, nos dio caza.
A esta altura del camino ya hemos sobrepasado la aldea de A Rúa y la localidad de O Pedrouzo y avanzamos por anchas pistas forestales mientras rememoramos detalles de nuestro anterior paso años atrás.
Circular por esta arboleda es bastante placentero ya que el perfil es suavemente descendente hasta San Antón.
Un nuevo bosque sale a nuestro paso donde predominan las especies autóctonas como el roble frente a los eucaliptos reforestados. La atmósfera reinante hace inevitable que nos hagamos ciertas preguntas.

Salimos a campo abierto dirección a Amenal y Cimadevilla donde empezamos a notar que el perfil se torna a rompepiernas. Hermosos senderos nos encajonan con su vegetación creando un verdadero efecto túnel.

Y claro, cuando uno viene de rodar por estos bonitos senderos y a pocos kilómetros de Santiago, el subidón es tan grande que es fácil picar en un puesto improvisado de souvenirs del camino.

Continuamos ahora bordeando el perímetro del aeropuerto de Santiago bien delimitado por vallas y en las que se pueden apreciar algunas balizas. Esta senda nos lleva a la población de San Paio y poco después nos lleva a Lavacolla.

Desde este punto empezamos la última subida hacia el Monte do Gozo que afrontamos por pista de asfalto y que nos va dirigiendo por lugares como Villamaior y la central de la Televisión de Galicia hasta llegar a San Marcos, antesala de la famosa cima en la que los peregrinos ya podrán divisar las torres de la Catedral de Santiago.

Son los últimos metros para alcanzar a este hito tan ansiado por todos pero cuya llegada significa que esta aventura se está terminando.

El monumento fue erigido en el año jacobeo de 1993 con motivo de la visita que realizó el Papa Juan Pablo II a la ciudad de Santiago de Compostela el año anterior.

En este enclave también se encuentra la Capilla de San Marcos, cuyos orígenes se remontan al siglo XII. Un edificio construido para los oraciones de los peregrinos que llegaban al lugar.

El día despejado favoreció el momento que tanto esperábamos: el avistamiento de las torres de la Catedral desde la escultura de los peregrinos medievales. Para ello hay que recorrer unos cientos de metros más, y lo hacemos con Daniel, nuestro intermitente compañero bicigrino que ya no se separaría de nosotros hasta la llegada a Santiago.
Estas esculturas también se incorporaron aquí en el año jacobeo de 1993 y representan el júbilo de poder ver por fin Santiago de Compostela y las torres de su catedral.

Bajamos por fin a la ciudad por el paseo do Gozo, el cual se interrumpe en una bajada por unas escaleras y realizamos la entrada por el barrio de San Lázaro. Conectamos posteriormente con la Rúa de San Pedro y accedemos al casco histórico por donde se encontraba antes la Porta do Camiño que formaba parte de la antigua ciudad amurallada.

Subimos por la rúa das Casas Reais, la ansiedad iba creciendo y nos cedíamos la posición bien por caballerosidad o bien porque queríamos retrasar este momento para seguir disfrutándolo.

La Plaza Cervantes nos abre las puertas de la Rúa da Acibechería donde reina esa especial confraternidad con otros peregrinos que también están cumpliendo el objetivo del Camino Francés.

La Plaza de la Inmaculada donde a la derecha se divisa el Monasterio de San Martín Pinairo y a la izquierda, por fin, la Catedral, en su fachada norte, una visión acompañada por el sonido de las gaitas de los músicos callejeros que se sitúan bajo el arco del Palacio Arzobispal que da acceso al final de nuestro trayecto, La Plaza del Obradoiro.

Y aquí estamos de nuevo, bajo la Catedral de Santiago, con la sensación de haber superado un camino completísimo en muchos aspectos. En donde por suerte no hemos tenido que lamentar ningún incidente grave y en el que, por supuesto, no nos olvidamos de las bicicletas, nuestras fieles compañeras que han superado con nota todos los vaivenes de este ajetreado trayecto.

Solo nos resta celebrar esta gesta. Por un lado, con Daniel, nuestro compañero bicigrino de las últimas etapas.

Y, por otro lado, con la familia, en un emotivo reencuentro bajo la atenta mirada de Santiago al que algo le dice que pronto volverá a vernos.

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